CUARESMA
DE CAMINO HACIA LA PASCUA
Podría decirse que, de igual forma que el Adviento es el tiempo de preparación para la Navidad, la Cuaresma es el tiempo de preparación de la Pascua. En ambos casos se trata de un mismo proceso que incluye tanto el camino como la meta. Sin meta el camino es un laberinto sin sentido. Si camino es imposible acertar con la meta, cuyo sentido queda desvirtuado.
En la tradición bíblica, Cuaresma es un número que representa alguna forma de plenitud. De entrada, desde el punto de vista humano, cumplir cuarenta años se ha entendido como una forma de llegar a la edad madura, concretamente la que se ha dado en llamar la “adultez media”. Otro referente, más allá de lo meramente humano, es que la Cuaresma tiene que ver con los cuarenta años de Israel en el desierto y con los cuarenta días de Jesús en el desierto, según las tradiciones evangélicas.
Cuando pensamos en un proceso de liberación, por ejemplo en la liberación de Israel de la opresión de Egipto, solemos distinguir estos pasos: salir de (Egipto) y entrar en (la tierra prometida). El proceso es de Egipto a la tierra de la promesa. Pero ese esquema es incompleto, pues no podemos olvidarnos del llamado tiempo intermedio: atravesar el desierto, de modo que el esquema definitivo es salir de + pasar por + entrar en. En concreto, por lo que se refiere al acontecimiento histórico de fondo es salir de (Egipto), atravesar por (el desierto) y entrar en (tierra prometida). En el plano definitivo espiritual es salir del pecar, atravesar por la purificación y entrar en la vida nueva del Espíritu.
Según lo dicho hasta ahora, hay que reconocer el pecado y las situaciones que nos apartan de Dios. La Cuaresma es el tiempo propicio para decir “yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado”, dicho con palabras del Salmo Miserere.
En segundo lugar, hay que someterse a un proceso de discernimiento, que nos hace distinguir entre lo bueno y lo malo, el pecado y la gracia.
Finalmente y sobre todo, hay que entrar en el camino de la esperanza para hacer ese paso, esa pascua y pasar definitivamente a la vida nueva que nos ha sido ofrecida en la Pascua.
Deseo a todos un provechoso itinerario cuaresmal, camino de la Pascua.
JACINTO NÚÑEZ REGODÓN
EL HOMBRE ROTO
Las lecturas de este primer domingo de Cuaresma son de una gran consistencia. Me fijaré en la primera lectura, el salmo y el evangelio.
La primera lectura nos ofrece una página emblemática con la narración de cómo fue la caída de Adán y Eva. En esa escena juega un papel especial la serpiente, que representa la naturaleza misma del hombre. El hombre es polvo y la serpiente es la que se arrastra sobre el polvo, como queriendo decir que el pecado no es consecuencia de una fuerza que viene de fuera sino, más bien, es algo que nace del mismo ser humano en cuanto se deja guiar por la voz de la naturaleza. Pero lo más significativo es que el pecado produce en el ser humano cuatro rupturas. A saber, en primer lugar está la ruptura con la naturaleza. Adán y Eva pasan de una convivencia armoniosa con la naturaleza a una relación conflictiva: el trabajo será una especie de castigo (“comerás el pan con el sudor de tu frente”) y el parto vendrá acompañado del dolor (“tendrás los hijos con dolor”). Ruptura también en la propia relación entre Adán y Eva “la mujer que me diste como compañera”. Ruptura con uno mismo (“se dieron cuenta de que estaban desnudo”), cuando Adán y Eva no se identifican ya con su propio cuerpo sino como algo de lo que sienten vergüenza. Ruptura, finalmente, con Dios: “dónde estás” es la pregunta que Dios hace a Adán que se anda escondiendo en el jardín cuando va a su encuentro”.
Hombre herido. Hombre roto,
Por su parte, según el evangelio (en esta ocasión, Mateo) también Jesús en el desierto siente la tentación del diablo, pero en dirección contraria: donde Adán negó, Jesús no cede a la tentación sino apela a realidades nuevas. Frente a la tentación del pan, Jesús propone la Palabra de Dios como guía y norte de la propia vida (“no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale le boca del Señor”). Frente a un uso abusivo de la amistad con Jesús, se nos habla de no “tentar a Dios” sino dejar que sea su voluntad la que mueva nuestra vida (“no tentarás el Señor tu Dios”). Frente a la ambición desmedida de dominar el mundo, Jesús rechaza la gloria del mundo, que pertenece solo a Dios.
Hombre restaurado y sanado.
Este paso del hombre herido al hombre sanado es el que revela magníficamente el Salmo Miserere, es decir, el salmo 50, en el que el gran maestro P. Luis Alonso Schökel distinguía dos grandes partes: el reino del pecado y el reino de la gracia. Es decir, en primer lugar el reconocimiento del pecado: “yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”. En segundo lugar, el reino de la gracia: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”.
Ese paso del pecado a la gracia es el que define nuestro itinerario de Cuaresma. Pasar del pecado a la gracia para poder ofrecer el único sacrificio auténtico, a la manera de Cristo: “mi sacrificio es un corazón quebrantado. Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias, Señor”.
JACINTO NÚÑEZ REGODÓN
II Domingo de Cuaresma – Mateo 17, 1-9
Cuando se acerca un acontecimiento importante, es normal que intentamos prepararlo bien. Y cada buena preparación requiere 2 aspectos: concentración y silencio. Sabemos que Cuaresma es un tiempo de preparación para la Pascua. Pero ¿de verdad Pascua nos importa…? Y ¿cómo podemos prepararnos para celebrarla bien…?
El evangelio del II domingo de cuaresma nos ofrece su ayuda. Jesucristo sube con algunos discípulos suyos a solas a una montaña y se transfigura en su presencia y después San Pedro quiere construir en ese lugar 3 tiendas.
Para prepararnos bien para la Pascua necesitamos encontrar un lugar, un tiempo donde y cuando podemos estar a solas con Dios, como estos apóstoles. Pero sabemos muy bien que esa tarea no es nada fácil, especialmente en el mundo de hoy con todo nuestro ajetreo diario. Pero sin estar a solas con Dios, no hay suficiente concentración y si no hay concentración no hay buena preparación. Como dijo San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
¿Y cómo nuestros corazones pueden descansar en Dios…? Nos da respuesta San Pedro cuando asombrado quiere construir 3 tiendas. Pedro está maravillado y temeroso ante la aparición de Jesús con Moisés y Elías. Su oferta de construir tres tiendas se interpreta como un deseo de prolongar ese momento de felicidad y gloria. Pero más que una construcción física, la petición de Pedro refleja la necesidad de permanencia en la experiencia divina.
En Vulgata para escribir esas tiendas se usa palabra “tabernacula”, que significa también “sagrarios”. Es decir, San Pedro quiere construir 3 sagrarios para guardar esa presencia divina entre los apóstoles. Y nosotros también podemos experimentar esa presencia de Dios en la adoración eucarística, cuando visitamos las iglesias con los sagrarios que guardan Santísimo Sacramento. Como nos aconsejaba Santa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): “El Señor está presente en el sagrario con su divinidad y su humanidad. No está allí por él mismo, sino por nosotros, porque su alegría es estar con los hombres. Y porque sabe que nosotros, tal como somos, necesitamos su cercanía personal”.
Aprovechemos bien ese tiempo de cuaresma para preparnos para la Pascua y busquemos el tiempo para estar a solas con Dios. Busquemos las iglesais donde hay exposición del Santísimo Sacramento y nos “empapemos” de la presencia divina.
p. Cristóbal Kielczyk, OSPPE
III Domingo de Cuaresma
El evangelio de este domingo pertenece a uno de los tres evangelios que nos preparan para renovar nuestras promesas bautismales en la noche de Pascua. El fundamento de este evangelio es el diálogo. Jesús inicia un diálogo lleno de comprensión, franqueza y sinceridad. Vemos cómo la mujer se transforma durante este diálogo: desde la indiferencia, debida a las diferencias culturales y religiosas entre judíos y samaritanos, al hablar con Jesús reconoce primero al profeta y finalmente al Mesías prometido. Nuestra fe siempre comienza con preguntas, con búsquedas. Este es el camino para todos nosotros: abrir nuestro corazón al diálogo con Dios y con los demás. Podemos, al igual que la samaritana, reconocer la presencia de Dios al conocer y nombrar nuestras debilidades y búsquedas. Permitamos que Dios en esta Cuaresma hable con nosotros.
P. Pawel Gliniak OSPPE, Monasterio de Yuste
IV Domingo de Cuaresma
El cuarto domingo de Cuaresma nos acerca a otro título de Jesús: «Luz del mundo». Este título significa que, a pesar de las tinieblas del pecado, en las que a veces caemos, y de todos los valles oscuros por los que pasamos, Dios está con nosotros. Hoy se nos invita a reconocer en Cristo la antorcha que ilumina los caminos de nuestra vida, a reconocer en él a aquel que nos despierta de nuestra indiferencia y nos levanta de nuestras caídas. Cristo, que abre los ojos del ciego, viene también a nosotros para abrirnos los ojos a lo espiritual, a lo inmaterial. Que el “Domingo de Letaere” que celebramos hoy llene nuestros corazones de la alegría del encuentro con Cristo y nos dé el valor para dar testimonio de Él.
P. Pawel Gliniak, OSPPE, Monasterio de Yuste
El Domingo de Ramos
El Domingo de Ramos representa el gran portal por el que entramos en la Semana Santa, un tiempo en el que contemplamos los últimos momentos de la vida de Jesús. Este Domingo recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén acogido por una multitud festiva.
La liturgia de este día es única por su dualidad. Comenzamos con la Entrada Triunfal, donde las palmas y los gritos de “¡Hosanna!” celebran a un Rey humilde montado en un pollino. Sin embargo, minutos después, el color rojo de los ornamentos y el silencio del templo nos preparan para el núcleo de la celebración: la lectura de la Pasión de Jesucristo.
Este contraste nos enseña que el camino de la Pascua no es una huida del sufrimiento, sino un tránsito a través de él. Celebramos que Dios no nos salva “desde afuera”, sino entrando en nuestra propia historia de dolor para transformarla.
Durante estos días no somos meros espectadores de una tragedia antigua. Estamos celebrando el Misterio Pascual en tres tiempos que se condensan en la Semana Mayor:
La Pasión: El amor que se entrega hasta el extremo.
La Muerte: El silencio de Dios que asume nuestra finitud.
La Resurrección: La victoria definitiva de la Vida.
El Domingo de Ramos nos pide que no nos quedemos solo con las palmas de victoria, sino que estemos dispuestos a acompañar al Maestro hasta el pie de la Cruz.
Lecciones de la Pasión.
Al escuchar el relato de la Pasión en la misa, no solo oímos la historia de Jesús, sino que vemos reflejada nuestra propia humanidad. Aquí algunas orientaciones para la vida personal:
La fidelidad en el abandono: En la Pasión, Jesús se queda solo. Sus amigos huyen o lo niegan. Aprende a buscar tu valor en la mirada de Dios y no en la aprobación de los demás. La verdadera fidelidad se prueba cuando no hay aplausos.
El silencio ante la injusticia: Ante Pilato y las acusaciones falsas, Jesús calla. A veces, el silencio es más poderoso que la defensa propia. Practica el silencio frente a la provocación y confía en que la Verdad no necesita gritos para ser real.
La fragilidad asumida: Vemos a un Dios que siente sed, cansancio y miedo. No te castigues por tu debilidad. Jesús santificó el cansancio y el dolor al hacerlos suyos. Ofrece tus propias “caídas” como parte de tu camino de purificación.
El perdón como última palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. La Semana Santa es el tiempo por excelencia para soltar rencores. El perdón no es un sentimiento, es una decisión de la voluntad que nos libera de la cadena del odio.
Antonio Luis.
Diócesis de Plasencia.

